GOURRY, EL ARGONAUTA DEL NUEVO MUNDO
Este es un cuento, uno de esos cuentos que no inicia por el principio y no termina precisamente con un final. Es un cuento, como la vida misma; ajeno a las horas, los días, los meses y los años… Ajeno al tiempo. Así como también, ajeno a cualquier creencia sesgada de la realidad.
Gourry, a quien pertenece la historia que estoy por narrarles, no nació siendo un héroe… Ni nació siendo Gourry… Su nombre real, uno común: Ulises Castro Garmendia.
Su padre, don Castro o 'doctorcito', como acostumbraban llamarlo sus vecinos o allegados de la familia, poco tenía de doctor; pero mucho, eso sí, de desvergonzado. Es por ello que cuando supo que su entonces mujer, doña Garmendia, estaba embarazada de quien sería su sexto hijo (sexto, de seis mujeres diferentes); no tuvo mayor remordimiento en irse muy temprano y para siempre de la casa de sus suegros, donde vivía de arrimado.
La madre del pequeño Ulises, aún sin nombre y huérfano desde entonces, no lo lloró mucho. Quizás un día o a lo mucho dos. Más por respeto a las apariencias, que por verdadera pena. 'Vaya inútil', repitió en su mente uno de aquellos días, cubierta por sábanas y cobertores, recordando en su alcoba la primera vez que fijó su mirada en él. 'Un niño jugando a ser hombre', dijo al fin, en voz de susurro. Tras esa frase, dejó marchar hacia el olvido la primera sonrisa que le regaló. El primer beso, el primer 'te quiero' al despertar por la mañana…
Ocho meses y algunos días después, Ulises conocería el mundo. El mundo no era tan grande que digamos por aquel entonces. Se trataba de un mundo de piel suave, convexo, sinuoso y múltiples veces explorado por él con sus pequeños labios. Un mundo divino, de senos hermosos y mirada de ensueño… Un mundo como no existía otro: uno llamado mamá.
No hay mucho por decir de aquellos días, salvo que Ulises fue dichoso.
Lo fue entonces y lo es ahora, sin embargo, algo ocurriría cierta noche de finales de invierno…
Ulises, ya con nueve años, era un niño muy maduro. Entendía lo mucho que se sacrificaba su madre por él, por lo que no dudaba en apoyarla en todo lo que su pequeño cuerpo le permitiese. Si su madre necesitaba de un hombre, él lo sería mil
veces.
Resentía tener el apellido de un extraño sujeto, el cual, vestido con andrajos lo visitara alguna vez en Noche Buena… Aquella vez le dio de regalo una espada de madera y una carta en la que le confesaba que era su padre. Confundido, recordó que fue donde su madre a preguntarle qué era un padre. Recordó que ella lo haló muy fuerte hacia su pecho y que sus manos temblorosas no paraban de revolotearle los cabellos… No obtuvo respuesta, pero lo supo: un padre era alguien capaz de hacer estragos en el mundo.
Es por ello que debía ser fuerte. Para proteger lo que amaba, no bastaba con desenfundar la espada de madera de un andrajoso. Debía convertirse él mismo en un arma… Y así fue. Precisamente eso fue lo que ocurrió aquella noche…
Mientras Ulises recogía la cosecha, se olvidó de la hora. Al verse sorprendido por la desaparición casi completa del sol en el cielo, tomó con premura sus herramientas, así como todas las hortalizas. Aun cuando su carga era pesada, no disminuyó la velocidad de sus pisadas sobre el campo. Por el contrario, se notaba sutilmente como aceleraba poco a poco el paso. Esto, debido a que sentía la necesidad de llegar pronto a casa, pues lo último que deseaba era ver el rostro preocupado de su madre.
Pero, no consiguió llegar muy lejos, puesto que esa noche no era una cualquiera. Ante él se presentaría un demonio, viva imagen de un lobo gigante. En sus fauces se lograba advertir escasos trozos de carne. Sus dientes afilados y enormes, trituraban sin descanso lo que al parecer eran restos humanos. El nombre de aquel demonio perruno, lo dijo él mismo, mientras resoplaba con una vehemencia capaz de generar remolinos de viento…
¿Sabes quién soy, pequeña criatura insignificante! -exclamó la bestia… Cuanto más se acercaba al niño, más imponente era su presencia. ¡No lo sé, señor! -exclamó Ulises, lo más fuerte que pudo. Intentando de ese modo que el demonio-perro no dejase de escucharlo. ¡Overgrown Rover!, ¡ese es mi nombre! Soy un demonio, niño. Pero… hoy no lo soy. ¡Dime tu nombre, cachorro humano! ¡U-Ulises, señor!
Hasta ese momento Ulises había logrado mantener la calma. Se imaginó dentro de un cuento de hadas, intocable, por ser solo parte de palabras en un imaginario. No podía ser real lo que ocurría… Era una locura, un disparate…
Una bestia jadeante le llenaba enteramente el cuerpo de saliva, pero él se mantenía firme. O eso pensaba al menos…, ya que no era consciente de lo húmedo en su pantalón. De su piel cada vez más pálida.
Es el nombre de un argonauta… ¡Odio tu nombre!
Tras decir aquello, resopló y resopló nuevamente, trayendo consigo nuevos remolinos, capaces de derribar los árboles a su alrededor.
¡Ven conmigo! Trepa hasta mi lomo y sujétate fuerte. Pero… ¡No puedo hacer eso, señor!, ¡mi madre me espera!
Ulises, todavía aturdido e incrédulo ante lo que sucedía, cogió la espada de madera que guardaba, confundida entre el resto de sus herramientas. Al tenerla en sus manos, la alzó muy alto, desafiando con ella a la enorme bestia que tenía al lado.
Mira al frente, cachorro humano… Luego mira todo lo demás… Mira hasta donde ya no puedas ver… Si no vienes pronto, todo eso desaparecerá. ¡Mi madre…! Se supone que debo llevarle lo que recogí de la cosecha…
La espada de madera cayó sobre la tierra… Junto con ella, las lágrimas de Ulises.
La devoraré frente a ti si oigo una sola palabra más…
Overgrown Rover recostó su cuerpo por un instante, ocasionando un estrépito al hacerlo. Su gigantesca cabeza, tan enorme como las colinas vistas a lo lejos, tapó por completo el campo de visión del hijo de doña Garmendia.
Ulises, tan desvergonzado como su padre, se logró asir de uno los bigotes del enorme
lobo. Luego de otro y luego, de otro más. Hasta que al fin llegó a estar encima de su hocico. Desde ahí caminó hasta el lomo de aquella bestia.
Segundos después, Ulises recorría a velocidades imposibles lo que parecía ser el mundo. Uno no tan bello como su madre, ni tan pacífico como el pueblo donde vivía, pero igual de asombroso. Tan igual y a la vez, tan distinto…
Sin percatarse en qué momento sucedió, Ulises cayó dormido. Sus manos aún sujetaban los enormes mechones del pelaje de Overgrown Rover, pero su mente viajaba más allá que cualquier paraje inhóspito. Donde su madre, en el instante que la conoció.
Cuando al fin despertó, Ulises no daba crédito a lo que veían sus ojos.
Recostado sobre una pila de heno en un callejón, veía desde ese lugar estrecho como especies de todo tipo iban de un lado a otro. Centauros, hombres gato, mujeres hermosas con orejas y cola… Sintió pavor… Pero, al poco tiempo, todo lo contrario, pues no había rastro de aquel demonio gigante…
Decidió entonces levantarse. Cuando al fin dio unos pasos, una ciudad imponente se presentaba ante él. A lo lejos, algo aún más imponente y sobre todo, desconcertante… Se trataba de un monumento descomunal de Overgrown Rover. Diez veces más grande que cualquier edificación a su alrededor. Aquellos que participaron en su construcción, capturaron la esencia del demonio-perro, de manera magistral. Incluso desde donde estaba, aquella posición de ataque en la que se presentaba, causaba terror. Una sensación de agonía que oprimía el pecho a niveles mortales.
Ulises sintió que debía escapar lo más pronto posible. Sin embargo, mientras esa idea retumbaba fuerte en su cabeza, advirtió unos brazos femeninos rodeándole el pecho. A su vez, sintió en su nuca y ambos hombros, como dos senos superlativos buscaban reposo. Intentó escapar, pero era inútil, ya que la mujer que lo abrazaba era en extremo fuerte. Pronto advirtió su rostro entero… Era hermosa, pero tenía una sonrisa tonta. "¿Acaso pensabas marcharte y dejarme sola nuevamente, Gourry?", le susurró al oído aquella mujer…
¿Quién es ud., señora? Debe tratarse de una confusión… Mi nombre no es Gourry. Yo soy Ulises… -dijo Ulises, cesando en sus intentos de escapar, al entender lo inútil que era.
¿Ah, sí? Pues déjame decirte que no veo a ningún Ulises por acá… Solo a un chico travieso que tiene por nombre: Gourry. O al menos eso es lo que me muestran tus ojos… Es muy raro, ¿no? Letras flotantes... Ese chico me prometió que recogería la cosecha hasta mucho antes del anochecer… Pero no lo cumplió… Porque nunca piensa en sí mismo. Porque tiene un corazón hermoso… -increpó, a su vez, aquella hermosa mujer. Llorando desconsoladamente al hacerlo.
Fue entonces cuando Ulises lo entendió…
¿Mamá? ¿Eres tú, mamá? Así es, mi precioso… Te esperé mucho tiempo, pero no fue en vano… ¡Aquí estás! Ese enorme perro me prometió en sueños que volvería a verte y aquí estás, en este nuevo mundo…
No hay mucho por decir de aquel reencuentro, salvo que fue muy emotivo.
Aunque para Gourry, antes Ulises, solo había pasado un día…; lo cierto era que habían pasado ya cinco años, dos meses, ocho días y tres horas…
Aquel demonio perruno, Overgrown Rover, había llegado junto a otras bestias inferiores a acabar con todas las personas en el mundo… Pero, horas antes decidió descansar… Escondido en una cosecha de maíz, vio a un cachorro humano desenterrar hortalizas, una a una y sin descanso… En la espalda de aquel niño, insignificante criatura en los ojos de un demonio omnipotente, una funda de cuero sostenía una espada de madera…
Le fue imposible no relacionar aquella espada con la guerra que iba a dar lugar, momentos después. Quizás guiado por aquello o por un sentimiento de rechazo añejo, decidió impedir que el 'Fin del Mundo' llegue… Fue fácil para él deshacerse de sus aliados, ya que ninguno era tan fuerte como él. Pero le fue imposible derrotar a quienes en principio eran sus enemigos… Criaturas amorfas y aladas, poseedoras de un poder descomunal…
Overgrown Rover entendió que moriría sin importar lo que hiciera…
Es por ello que corrió como ninguna de esas criaturas podía… Mientras lo hacía, recitaba un conjuro. Con su magia envió a cada persona que lo escuchara o viera, a un planeta diferente, de una dimensión distante… A uno aún con varios miles de años de existencia.
Cuando al fin quedó exhausto, luego de recorrer el mundo entero, La Tierra dejó de existir. Sin juicio, ni culpas… Sin Overgrown Rover…, quien en su último aliento, se despidió del niño que dormía en su lomo.
La gente llegó poco a poco a aquel planeta tan parecido al mundo que conocían. Sin embargo, no llegó del mismo modo en que partió.
Algunos eran monstruos, otros, híbridos… Después de todo se trataba del conjuro de un demonio. Uno que por primera vez en su existencia quiso hacer el bien y murió por ello.

Overgrown Rover, la mascota rango Dragón de la Sociedad de Monstruos.
ResponderEliminar