Mariano Puerquito, viviendo por primera vez

 


Llegó tarde al primer día de clases y dijo oinc oinc. Antes de eso resolvió un problema

simple del pizarrón. Un problema simple, no tan simple para sus compañeros...

Algunos de ellos lo tomaron a mal. Algo avergonzados resintieron sus problemas en

matemáticas. Para suerte de Puerquito, no a todos les molestó que el chico nuevo

resolviera un problema de Razonamiento Matemático aun cuando ni había elegido

pupitre, ni nadie supiera su nombre siquiera. De hecho, a Pamela le encantó. Tanto le

encantó, que le regaló una sonrisa. Tanto, que escribió en su libreta: + 2 puntos en

inteligencia. Pero, no solo ella quedó fascinada. Se fascinó también Carlitos, la Oruga,

quien con palabras endebles como “quisiera” o “quizás”, dejó en claro al profesor lo

mucho que le gustaría la idea de tenerlo como compañero de mesa. “¿Sabrá jugar

Mortal Kombat?”, pensó la Oruga mientras sonreía a kilómetros de distancia. Liu Kang

incendiaba el aula entera ante sus ojos. Los bigotes del profesor Mauro ardían en

llamas y de pronto, de nuevo a la realidad: un Puerquito tímido y miope, estrechándole

la mano.


El profesor Mauro prosiguió pronto con su clase... “¡Un triángulo es un triángulo!,

pero recuerden jóvenes... ¡Un rectángulo no es un triángulo! El rectángulo es más

grande, tiene forma de turrón; en cambio el triángulo es chiquito y tiene forma de

xilofón”, dijo al fin el profesor Mauro, el Osito Panda.


- ¡Bee, bee, bee... Bee! –exclamó Oveja, entusiasmado.


- ¡Miau, miau, miiiau! –exclamó Gata, a su vez. Riendo un tanto, ronroneado otro poco,

quizás.


Lo mismo hizo León, Grulla, Delfín y Gacela. Lo mismo hicieron todos. Incluso

Cucaracha.


- ¡Me alegra tanto verlos entusiasmados, jóvenes y jóvenas! No dejen de estudiar cada

día y cada dío, cada noche y cada nocha. –dijo a su vez el profesor Osito Panda,

masticando bambú; cogiendo esa maleta tan horripilante que llevaba siempre a clases.

Aquella maleta con su nombre bordado en una esquina.


Era un salón de clases peculiar. Un salón de clases que era dos salones de clases al

mismo tiempo. Era quinto de primaria, pero también era sexto. Cinco animalitos a la


izquierda, seis a la derecha. El colegio Federico Villarreal, era realmente muy pequeño

y realmente tenía muy poco alumnado.


Puerquito venía de un colegio enorme, de sesenta alumnos por salón. Y por cada grado

había tantos salones, como letras las hay del abecedario. Venía de un colegio con

piscina, cine y clubes de ajedrez. Clubes de marinera y canto, de béisbol y fútbol. Y era

fácil perderse en sus pasillos y difícil que alguien volviese tras sus pasos sin una

experimentada orientación. Pero Puerquito no lo extrañaba en lo absoluto. Con tantos

yendo y viniendo, su voz se perdía. Su voz era similar al silencio y el silencio, similar a

frases sin sentido. Sus amigos también eran Puerquitos, y acaparaban su lodo sin

dudarlo todos los días. Era inútil ser especial donde todos buscaban ser clones de su

especie. “Encajar”, lo llamaban. Un simple Puerquito era más que un puerquito, mas

no en un lugar donde lo especial no existía...


Por eso jugó Nintendo los subsiguientes días al primer día de clases, en casa de la

familia Oruga. Top Gear, Street Fighter y Mario World...

Por eso aprendió a montar bicicleta a los diez, cuando Pamela sugirió en clases dar un

paseo.

De tanto Nintendo, imaginaba a Ryu lanzando hadokens a los malhechores de los

noticiarios que veía en la televisión, su papá. Imaginaba a Mario e incluso a Yoshi,

saliendo del inodoro o de la ducha...

Ya en el parque con mamá, rasguños y más rasguños, que no dolían en lo absoluto si

imaginaba la sonrisa de Gacela. La bicicleta era todo un misterio para él, un misterio

doloroso que sabía pronto iba a descifrar...


Para cuando Chun Li le sirvió su tazón de cereal en la mañana, Puerquito ya era un

experto ciclista. Uno con amigos. Y los días fueron más fáciles por esa razón, pues su

felicidad alumbraba cada rincón de la casa. Papá Puerco ya no andaba tan preocupado

por él, ni temía con sollozos secos. Ya no revisaba si tenía moretones, ni los ojos rojos

por los rezagos de lágrimas de tristeza. Papá Puerco era feliz si él era feliz.


Aquel día, ni el automóvil blanco de Top Gear lo alcanzó. Era rápido como un ciclón, si

un ciclón es rápido. Tan veloz como cincuenta mil chorros de agua de ducha en la

mañana, o como cien mil burbujas en el baño de tina de la noche. Era mucho y mucho

más, porque lo mucho era poco a su lado y lo poco no existía. Era él y era ella. Era él,

ellos y la meta a la vuelta de la esquina.


De pronto la carrera acabó y un Puerquito levantaba los brazos frente a la iglesia.


- ¡Eso estuvo bien, Mariano, eres muy rápido! –exclamó exhausto Simón Grulla,

frotando sus debiluchas piernas.


- Ahora que te veo bien, has bajado de mucho peso, ¿verdad? –preguntó Cucaracha,

aún sin entender cómo había perdido una competencia de ese tipo, teniendo una mejor

bicicleta y un cuerpo, definitivamente más atlético que el de un puerquito.


- No Danny, no creo. No hay día en que mis papás no me obliguen a comer sin dejar

nada en el plato. Aunque, ¿quién sabe? De repente ahora solo se baje de peso si lo

piensas mucho. –respondió Puerquito, soslayando la mala intención en la pregunta de

Cucaracha. Siendo tan ingenuo como siempre.


- ¡Olvídalo!, solo olvida esa tontería que pregunté. ¡Eres rápido!, practicaré más para la

próxima. –respondió por su parte Cucaracha, entendiendo que no debía fastidiar a

nadie sin razón, sintiendo que quizás Puerquito podía llegar a ser un buen amigo.


Mientras los otros niños jugaban a sabe Dios qué cosa entre los arbustos y las

hojarascas, las niñas, quienes solo eran dos por cierto, se acercaban con muchas bebidas

en las manos. A lo lejos las mamás de las dos tenían bolsas con más que solo eso, pero

el día era joven. El día era niño. Pamela, más Gacela que nunca, sonreía y murmuraba

cosas al oído a su amiga Gata. Cosas que no se alcanzaban a oír, pero que quedaban

registradas en la misma libreta de los puntos por logros de aquella niña.


Nunca supo Mariano, Mariano Puerquito, acerca de lo que escribía Pamela allí; pero

supo un día, un día de tantos que nunca terminaba, que Pamela gustaba de él. Lo supo

porque lo dijo en juegos. Porque lo dijo cuando lo dijo, cuando en realidad pensaba no

estar diciendo nada. Porque era más fácil para ella decir que el niño que le gustaba no

era alto, ni delgado –ni buen bailarín, después de arruinar sin piedad, en cada

oportunidad que se le presentase, los pasos de “El General”-. Porque sí, era más fácil

para una Gacela decir que el nombre de quien elegía como dueño su primer beso

comenzaba con Puer y acababa en quito.


Entonces un día, uno muy cercano al día en que se supo amado, Puerquito fue hacia

ella con un puñado de violetas del macetero de mamá Puerquita. Fue hacia ella y

tartamudeó. Como una metralleta o como las flatulencias de alguien con mucha

indigestión. Fue hacia ella y recordó a los Caballeros del Zodiaco peleando contra Abel. A

Mario, en una lucha sin cuartel contra Koopa...


Tras segundos de vergüenza compartida, y tras una frase romántica dicha con el

corazón, sucedió aquello predestinado a pasar. Los créditos finales del videojuego del

amor aparecieron y los animalitos que pasaban cerca lo festejaron. Hicieron ruidos

estruendosos.

Y es que una gacela y un puerquito veloz como un ciclón, cerraron sus ojos y se

besaron casi sin abrir los labios. Sus corazones palpitaban sin un joystick que pudiese

controlarlos.


De pronto la campana del término del descanso.


De pronto un niño viviendo por primera vez.












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