¡Hocus Pocus! Toque de bruja. ¡Muévete y te perderás una gran historia!


 

 “¡Hocus pocus! Toque de bruja. ¡Muévete y te llevará la corriente!”, exclamó Theodora, quien sería conocida en el reino entero como la nueva “Bruja Malvada del Oeste”, tras asesinar de manera misteriosa a Elphaba Thropp –la antigua bruja del Oeste-, algunos años después de la partida del Mago de Oz. Una partida, la cual solo era conocida por los habitantes del sur; ya que para el resto de los cuatro reinos, Oz seguía siendo el protector invencible de aquellas tierras.


Aquel conjuro, era uno inmovilizador. Quienes ahora caían víctimas de ello eran un niño y una niña, que sin querer traspasaron los linderos que la “Bruja Buena del Sur” protegía con su magia.

Inmóviles, vieron entonces como el bosque que creían únicamente “encantado” con dicha en sus infinitos colores vivos, así como en su abundante vegetación y brío; regocijante por la paz que trasmitían sus flores, a la par de cada rincón de juegos entre sauces llorones y cedrones fuertes; se convertía de pronto en algo parecido a la peor de las pesadillas que jamás tuvieron –porque jamás nadie tenía pesadillas en los linderos de la Bruja Buena del Sur-.

La luz en la brisa bucólica de una mañana tranquila, se desdibujaba al tintineo de unos pendientes… Se podía oír claramente pisadas firmes sobre la grama. Poco a poco todo era oscuro; y en el cielo, la comunión del sol y la luna, traía la imposición de una sobre la otra. El mal triunfando sobre el bien. La oscuridad imponiéndose ante la luz. ¿Un eclipse? Tal vez. O quizás solo se trataba de la sonrisa que Theodora les regalaba a aquellos niños, tras estar a dos latidos raudos de distancia.

- ¿Qué los trae por acá, pequeñines? –preguntó Theodora, la nueva “Bruja Malvada del Oeste”-. No sabía que Glinda tuviese espías de tan corta edad… ¡Qué cruel!, ¡ni yo soy tan malvada! –exclamó, aún con aquella sonrisa perturbadora en su rostro.

- ¡No nos coma, señora, po-por favor! –exclamó el pequeño Hansel. Desesperado. Orinándose en los pantalones.

- ¡Perdónenos! Vi-vimos a unos monos voladores mientras jugábamos y los seguimos… Nos distrajimos y pisamos los límites prohibidos. –dijo la pequeña Gretel, por su parte. Más serena que su hermano, que estaba a punto de desvanecerse por el miedo.

- ¿Comerlos? ¡No me insulten! ¿Qué clase de cuentos les leen sus madres antes de dormir? Si eso piensan que hacen las brujas, entonces Glinda ha de haberse comido uno que otro niño, ¿no? ¡Ella también es una bruja!

- ¿Entonces no nos comerá? –preguntó Hansel, temeroso.

- ¡Qué no! Eso sí, pensaba castigarlos un poco. A mi edad, y no es que mil doscientos años me hagan vieja, siempre es agradable tener una mano extra para hacer las compras. La limpieza… Sacar a pasear a esos monos tontos… ¡Pero por desgracia no va a poder ser! ¡Bah! Si dicen que vieron a mis monos por allá, entonces yo también tengo parte de la culpa. ¡Estamos a mano! Así que…, bueno, los liberaré.

“¡Hocus pocus! Saúco negro. Rigidez de miembros, desaparece, ¡rápido!”, exclamó Theodora. Tras recitar aquel conjuro los niños recuperaron nuevamente la movilidad.

- ¡Ya váyanse!, ¡díganle a sus padres que los niños tontos no son parte de la dieta de las brujas! –exclamó Theodora, dándole la espalda a los pequeños hermanos, al retirarse.

Mientras Hansel corría despavorido, Gretel advirtió tristeza en la bruja que se alejaba. Se trataba de algo que no entendía muy bien a su corta edad, pero que la inmovilizaba sin magia. Por unos breves segundos sintió que un conjuro nuevo se instalaba dentro de su pequeño cuerpo confundido. De pronto la niña llamó a viva voz a Theodora.

- ¡Nadie debería estar sola! –exclamó Gretel, apretando fuerte los puños al hacerlo-. Porque sola no se puede jugar a muchos juegos. ¡Y sí!, mil doscientos años no te hacen vieja… ¡Te ves muy bien! Eres hermosa y tu vestido, aunque demasiado negro, es muy elegante.

- ¡Entonces qué, pequeña! ¿Serás mi amiga?

- ¡Sí, lo seré si tú quieres!

- ¿Y dónde lo seríamos? Porque queda claro que ni tus padres, ni Glinda permitirán que vengas acá nuevamente.

Hansel, ya en los linderos que protegía la “Bruja Buena del Sur”, se percató recién de la ausencia de su hermana. Volvió sus ojos hacia donde estaba ella y gritó desesperado: “¡Gretel, ven de una vez! ¡Qué estás haciendo!, ¡corre!”.

- Tal vez podrías hacer las paces con Glinda. Yo sé que ella estaría muy feliz. ¡Tú no eres lo que todos dicen! Y yo me encargaría que todos lo entendieran.

- ¿Por qué lo crees? ¿Solo porque no te comí? ¡Ja, ja, ja! Si yo me acercase allá, sería asesinada. Oz es muy poderoso… Eso sin contar con el hecho de que yo maté a la hermana de Glinda, ¿sabes? Nunca le conté a nadie cómo lo hice, pero a ti sí te lo contaré. Me caes bien... Aquel monstruo tenía un feo rostro verde, con una nariz enorme y una verruga igual de enorme. Reía como loca todo el rato, andaba de aquí para allá volando siempre sobre esa estúpida escoba. Era detestable. La vi matar a todo a su paso, por años, hasta que me armé de valor y envenené a un carnero de los que siempre comía los domingos. Lo dejé cerca a su puerta una mañana y se lo tragó, como la bestia salvaje que era, y pronto la tuve retorciéndose de dolor en el suelo. Le corté la cabeza.






- ¡Como a un gusano!

- ¿Un gusano? ¡Ja, ja, ja! Eres graciosa, niña. Mira detrás de ti –Theodora señaló a Hansel con su dedo índice-; de seguro el niño que creyó que lo comería no para de fastidiarte, pero mira cómo grita desesperado. No puedes oírlo, porque la barrera filtra los sonidos, pero te aseguro que es un grito muy sonoro. Tal vez él jamás te lo diga, pero está claro que te necesita mucho. Tú no tanto de él, pero ve, es tu responsabilidad evitar que siga mojando los pantalones…

- Pero entonces… ¿Seremos amigas?

- No sé por qué lo deseas tanto, pero eres de las mías… Para mí será un honor ser tu amiga, Gretel. Desde ya lo somos, aunque no hablemos por mucho tiempo. Si alguna vez deseas verme nuevamente, sueña con cosas malas. Ten la certeza de que apareceré en tus pesadillas.

La niña esbozó una pequeña sonrisa e hizo un tenue ademán de despedida, antes de retirarse corriendo hacia donde estaba su hermano, esperándola. El tiempo era diferente a un lado y al otro de los linderos mágicos, razón por la cual nadie se había percatado de la ausencia de los dos niños; ya que para el resto de gente apenas había pasado dos minutos. Minutos sin preocupaciones. Minutos que luego fueron oscuros, tras los llantos de Hansel; que tartamudeando contaba todo lo ocurrido a su madre, Dorothy.

Pronto lo ocurrido llegó a oídos de Glinda; quien no tardó en convocar al Consejo del Reino, para discutir sobre lo ocurrido. Sentados, uno al lado del otro, teniendo una mesa enorme y redonda entre ellos, estaban los consejeros.

Solo eran tres. Pero no por ello, poco importantes. “El Espantapájaros”, el más inteligente de los tres, analizó el hecho y sugirió implementar la seguridad en los linderos. Monos voladores habían pasado inadvertidos. “El León”, valiente y temerario como ningún otro en este u otro reino, sugirió ir a por la cabeza de Theodora, por atreverse a conjurar un hechizo a niños indefensos. “El Hombre de Hojalata”, por su parte, haciendo gala de un corazón inmenso, creyó oportuno apuntar que lo bien que se había portado Theodora, era un mérito, y algo a destacar para futuros tratos con ella.

Mientras todos hablaban sobre lo ocurrido en el reino del Sur, algo ocurría también en el Oeste. Theodora oyó varios golpeteos a su puerta, a la par de varias voces femeninas. Al no sentir la presencia de quienes tocaban, supo que se trataba de brujas.

- ¡Hola, Theodora! –dijeron tres voces al unísono. Se trataba de las hermanas Sanderson, poderosas brujas del Norte. Winifred, Mary y Sarah.

- ¡Las tres hermanas locas! ¡Qué sorpresa! No esperaba visita un domingo por la tarde. Menos cuando relajaba mis callos en agua caliente y sal… ¡Al grano, malditas!, ¿qué quieren?

- ¡Oye, qué bien te ves! Tienes más de dos mil años, y apenas se te ven las arrugas. ¡Qué injusto! –dijo Winifred, cogiendo algunos frascos mágicos que Theodora dejaba en la mesa más cercana a la entrada.

- Solo tengo mil doscientos años, lunática… -respondió Theodora.

- Eso… no es cierto… ¡Je, je, je! –dijo Sarah, mientras se acomodaba el escote-. No mientas. Incluso yo tengo mil trescientos, y soy la menor de las tres.

- ¡Dije al grano! –exclamó Theodora, violentamente.

- Dile Mary… -dijo Winifred.

- Algo huele delicioso, y no es esa sopa de arañas que tienes en la cocina. –dijo Mary.

- Ma-mary tiene un buen olfato, es su poder… ¡Je, je, je! –dijo Sarah, alegremente, aún sin terminar de acomodar su escote.

- Como dije antes, considero que es injusto que te veas tan bien. De seguro eres de las brujas que envejecen lento por tener un gran poder, pero nosotras no somos así… Aunque también somos fuertes. Nosotras necesitamos una dieta especial a base de mugrosos niños… -dijo Winifred.

- ¡Ah, ya veo! Qué curioso. Justo hablé con mi amiga humana hace poco, y me enteré que hay cuentos sobre nosotras en donde se nos retrata como devoradoras de niños. Pensé que se trataba de una mala broma, pero ¡aquí las tengo a ustedes!

- ¿Consideras amiga a una humana? ¡Eres escoria! –exclamó Winifred.

- Hermana, ¿en serio es tan fuerte esta mujerzuela? –preguntó Mary, frunciendo el ceño y sin despegar la mirada de Theodora.

- ¡Sí que lo es! –respondió Winifred, cogiendo a Mary del hombro-. Pero al parecer es tan tonta como Sarah…

- ¡Y a mí por qué me insultas! –exclamó Sarah, recriminándole a su hermana.

- Vinimos para hacer sociedad contigo y derrotar al estúpido ese del Mago de Oz, así como a la maldita de Glinda. ¡Siempre tan perfecta! Así que comprenderás lo decepcionada que estamos al saber que has perdido tu dignidad de bruja.

- Yo solo he dicho que tengo una amiga humana. No he dicho que todos ellos lo fueran… ¿Desean ir y comerse a todos los niños? ¡Adelante!, ¡yo las ayudaré! El maldito de Oz será un problema, ¡pero creo que entre las cuatro podremos con él! También con Glinda, por supuesto. ¡Me uno a ustedes en su lucha, hermanas brujas!

Winifred se alegró sobremanera. Se acercó a sus hermanas y las abrazó muy fuerte… Las tres juntaron sus cabezas, teniendo sus brazos entrelazados, y se oyó un susurro de boca de Winifred, secundado por risas contenidas de Mary y Sarah. “Cuando hayamos matado a esos dos, nos deshacemos de ella”, dijo entonces, Winifred.

- Pero antes de planear cualquier cosa... ¿Qué les parece si descansan un poco, mientras les preparo algo de comer? ¿Les gusta el cordero? Cuando vivía con Elphaba, siempre comíamos eso en los días festivos. Solía decirme que me salía muy bien.

- ¡Gracias! –dijeron las tres hermanas, al unísono nuevamente, como hicieran al llegar.

Aquello fue lo último que dijeron. O al menos, lo último que Theodora escuchó de los labios de aquellas brujas. Ya que luego de comer cordero, sus cabezas acompañarían a las de Elphaba Thropp, en el jardín. Junto con las calabazas.







Comentarios